El extraño placer de dar calabazas

Hace unos meses se celebró en Madrid un sarao “maravillao” en el que se juntaban los TRES elementos: Catering, música y hombres, muchos hombres de mi sector laboral. Y para la ocasión me atavié con mis TRES elementos: vestido de escándalo, zapatos más bonitos que cómodos y doscientas tarjetas para hacer networking.

Nada más llegar me presentaron a una pareja. Ella, una mujer embarazadísima y él, un hombretón de guapura superior a la media, propietario de una empresa con una facturación superior a la media, que me echó una mirada de esas… sí, de esas de aquí te pillo, aquí te mancillo. Me sorprendió el atrevimiento, estando su mujer, embarazada, delante (en el fondo soy tan clásica…)

Las dos horas siguientes las pasé sonriendo, conociendo gente, intercambiando tarjetas y hablando de negocios, pero lo cierto, es que cada dos por tres miraba hacia donde estaba el hombretón y siempre él me estaba mirando. Sí, todo muy intenso.

La sorpresa llegó cuando ví que su mujer se despedía de todos, estaba cansada y prefería irse a casa. Intuí que se abría la veda.

La música que sonaba eran melodías de piano y violín, que no puede haber una pena más grande. Así que en cuanto dí por cumplida mi misión profesional, le pedí a mi compañera que nos marchásemos, no sin antes despedirme del hombretón, claro.

Y ahí, con mi halo de “sé que te intereso, sólo tienes un minuto antes de que me vaya. A ver qué sabes hacer” me acerqué y directamente me dijo que si se lo permitíamos, nos acompañaba a casa. Sí, todo un profesional en ganarse una oportunidad.

Mi compañera,  fiel escudera, prefirió marcharse por su lado.

Caminando hacia mi casa, empezó a soltarme que le encanto, que quería conocerme más, que se moría por besarme y todo ese rollo. Yo tenía claro que la cosa no iba a pasar a mayores, pero, al igual que los gatos juegan con su presa antes de acabar con ella, yo me dedicaba a escuchar y sonreir.

Calculo unos veinte minutos de declaración de amor y sexo hasta que llegamos a la puerta de mi casa y ahí, él me pidió formalmente que le invitase a una copa para seguir la conversación. “¿Y qué gano yo?” le pregunté. Supongo que se quedó bastante frío porque empezó a balbucear cosas con poco sentido.

Le di las gracias por acompañarme, le dije que había sido muy amable y que quizá había malinterpretado mi amabilidad, pero no estaba interesa en él. En realidad, no estoy interesada actualmente en tener ningún amante fuera del mundo “Cita con Marta”.

Después, el debió volver a su casa, con su mujer y su futuro bebé. Yo reconozco, que aquella noche me masturbé pensando en él.

 

calabazas

 

Marta de Lago  603200325  citaconmarta@gmail.com

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