El lenguaje de las naranjas

Desde que soy escort debo reconocer que son muy escasas las mañanas en las que me levanto de mi cama acompañada. Digamos que mi ración de sexo vital lo tengo con mis amantes de pago y paso bastante de los que no lo son, es lo que hay.

Me llaman, me proponen citas, intentan llamar mi atención con cualquier excusa y mi respuesta siempre es la misma: “Perdona (póngase aquí el nombre del pretendiente) pero ahora estoy a otras cosas. Te llamo, ok?” Son educados, lo entienden, no hacen más preguntas y pasadas unas semanas lo vuelven a intentar.

Puede pasar que tengas un día tonto, que de pronto estés en un ambiente relajado con tus amigos, tras el trabajo y aparezca un chico atractivo, interesante y sexy. Puede pasar que te conviertas en su trofeo y él en tu ganador a lo largo de la noche. Y puede suceder que, en un momento de la noche, deis esquinazo al grupo para iros a una casa, probablemente mi casa y jugar a “re-correros”.

Es a la mañana siguiente cuando, dependiendo de si se han cumplido las expectativas o no, podrán sucederse las siguientes situaciones:

Situación 1

Te levantas despacito para no despertarle, justo antes de cerrar la puerta te giras y le ves dormir, sonríes y piensas que te gustaría que a la mañana siguiente, volviera a estar allí.

Te duchas, te pones algo mono pero informal y preparas café para dos, haces tostadas, exprimes zumo de naranja, colocas cerca las flores que tienes en el salón y esperas a que él se despierte. Le abrazas y le das un beso de buenos días.

No hace falta más. Te gusta y no es necesario que se lo digas con palabras.

Situación 2

Te levantas resoplando, cierras la puerta sin miramientos y vas a ducharte. Además te gusta ducharte mientras escuchas música y la pones al volumen habitual.

Escuchas que se levanta.

Te pones tu ropa de deporte y le dices que si quiere un café se lo preparas rápido, pero que tú te tienes que ir, ya que has quedado con tu grupo de running y ya vas tarde.

Trata de darte un beso y le apartas, te acabas de poner crema hidratante y no quieres mancharle, le dices.

Quiere ducharse. Tú te cabreas. Le pasas una toalla y le dices que cierre al salir, que tú te vas ya.

No hace falta más. La noche ha sido un desastre, le has cogido manía y puedes ser educada hasta cierto punto.

Situación 3

Te levantas despacito y te giras para verle dormir.

Te duchas, te pones algo mono y preparas un maravilloso desayuno cuidado al detalle.

Se levanta y te dice que se tiene que marchar, que su grupo de running le debe estar esperando y que no puede quedarse a desayunar.

No puede ser!!

En un desesperado intento, le ofreces que se duche antes de marcharse.

Declina la invitación, prefiere ducharse en su casa. Te da un medio beso, te dice que te llamará cuando vuelva de un viaje larguísimo que tiene pendiente y se va, sin miramientos.

El café comienza a subir, al igual que tu ira. Pero habrá que guardarla para más tarde, para compartirla, porque alguien tendrá que escucharte.

Cualquiera de nosotros que decida vivir en lugar de observar, ha pasado por estos tres supuestos. Después de todo “hemos venido a jugar, Mayra”… Y jugando seguiremos hasta que  llegue alguien para quien nos apetezca exprimir naranjas para desayunar cada mañana.

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