Tres

 

Tengo mucha suerte. Ya lo he comentado en otras ocasiones pero es así. Siempre me rodeo de hombres que quieren complacerme, supongo que es lo que les inspiro porque yo también hago lo posible por complacerlos y con mis amantes de pago, no iba a ser diferente.

Hace tiempo sugerí una fantasía, me apetecía estar con otra mujer y por supuesto, uno de mis amantes (gran Maestro de Ceremonias él) recogió el guante.

Entendedme, he jugado con otras mujeres, incluso con alguna  compañera del sector en algún momento puntual y por una cita expecífica. Pero nunca lo había vivido EN SERIO y con una desconocida. Sabes de lo que hablo…

Llevábamos tiempo planificándolo. Primero me envió la opción que había elegido para corroborar si estábamos en el mismo código. Española, pelirroja, escort de agencia y muy sensual. Me preguntó si me gustaba y ¡sinceramente me encantaba!.

Hace unos días fue EL DÍA y nos encontramos los tres. Él y yo estábamos emocionados, yo también algo nerviosa, lo reconozco. Sabía que saldría bien porque las cosas siempre salen bien, pero aún así, las mariposas en el estómago por lo desconocido y por la desconocida no me dejaron concentrarme en mi trabajo las horas previas al encuentro.

Llegó a la hora prevista (punto para ella) con sus pantaloncitos cortos, con su blusita y con sus ganas de una ducha inmediata. Se deshizo en halagos hacia mí (todo correcto). Nunca supo si compartíamos categoría profesional o si él y yo realmente éramos amantes. Daba igual, pero seguro que le picó la curiosidad, aunque no se atrevió a preguntar.

Tanto el M.C. como la pelirroja hicieron mis delicias y traté de aguantar llegar al final el mayor tiempo posible, estaba encantada con los estímulos visuales, táctiles  y gustativos, todo era tan nuevo para mí… Besar a una mujer es diferente a besar a un hombre. Las caricias de una mujer también lo son, excitantes y delicadas.

Pasaron muchas cosas aquella tarde  que serán un recuerdo recurrente durante los próximos días. Me da rabia no poderlo compartir con nadie, porque son cosas que dan para una conversación con risas y caras de sorpresa. No, claro, mi vida sigue igual y aquí no ha pasado nada. Lo bueno es que mi vida también mola muchísimo, así que podré resistir la tentación, además, al menos lo puedo compartir contigo 😉

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Él no volverá a ser mi amante

Vestida de rojo, en punto a las diez que diría la canción. Con la sensación de que al día siguiente, al sonar el despertador, me arrepentiría de haber aceptado una velada (cena  y encuentro) un martes laboral (como la mayoría de los martes).

La velada era con Darío, un ex amante habitual que un día dejó de verme. Sin explicaciones. Sin dramitas. Esto funciona así, son las reglas del juego, de pronto un día la vida de tu amante da un giro y ya no puede o no quiere seguir viéndote. No es nada personal, evidentemente, simplemente la vida es así.

Cuando volvió a llamarme me sorprendió y me gustó, siempre he guardado su recuerdo en la parte del cariño. No le pregunté. Consideré que podía ser incómodo para él darme explicaciones y quería cuidarle.

Vernos fue bonito, había pasado más tiempo del que estaría dispuesta a reconocer y eso es mucho tiempo. No sé muy bien lo que sucedió, pero durante la cena  me di cuenta de que ya no le veía de la misma manera, era como si aquel ex amante hubiera dejado de interesarme.

Supongo que todas las personas, todas las relaciones, incluso las de este tipo, tienen un momento concreto, si ese momento pasa y  desaparece, nunca se vuelve al punto en el que quedó. Si ese momento se corta sin más, es muy probable que no haya opción de recuperarlo.

Mi ex amante ya no ocupaba el lugar que ocupó en su día para mí. Ya no podríamos volver a vernos con el entusiasmo y la diversión que lo hicimos en su día. Ahora el momento es otro, el de dos personas que ya no están.

Se mantendrá el cariño y los buenos recuerdos, pero no volveremos a vernos.

Me di cuenta de lo importante que es vivir las cosas cuando surgen, porque ahí es cuando toca y exprimirlo a tope, porque nunca sabemos cuando eso puede cambiar y cuando cambie, probablemente, no lo podamos recuperar.

AHORA lo que toca es disfrutar de quién sí está.

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Secretos de cafetería

Lo especial de ser escort es que, cuando nadie mira, puedes sacar tu personaje a pasear.

Llevo unos meses tan abducida por mi trabajo que sólo me he dado el capricho de quedar con mis amantes favoritos. Ni una persona nueva. Nada. Lo cierto es que es un lujazo estar con ellos, solo que, no me gusta vivir sin la adrenalina de las nuevas citas. Así que una tarde tras salir del despacho, me duché y me vestí para matar… (Ay! qué traviesa!)

Es fácil, sólo se trata de ir a la cafetería de un hotel, pedir un vino blanco y estar receptiva a las miradas.

Él llego un rato después que yo, con un maletín en el que guardaba su portátil y con gesto cansado. Claramente no había sido el mejor de sus días. Pensé que seguramente podríamos cambiar eso, sólo tenía que mirarme y responder a mi sonrisa.

Hablaba por teléfono con voz suave (imagino que con su mujer, ya que pude ver su alianza), rondaba los cuarenta y algo y pidió un Gin Tonic. Todo correcto.

La cafetería estaba concurrida pero yo llevaba un vestido blanco, así que no tardó demasiado en verme y sonreirme. Comencé a tocarme el pelo, acariciarme como si no me diera cuenta… ya sabes, lo de la seducción. Colgó el teléfono y nos respondimos a un gesto que perfectamente podría significar “menuda conversación más larga” o “venga! ya tenemos excusita para follar”.

El caso es que se acercó (me encantan los valientes) y comenzamos a hablar como si nos conociéramos. La pregunta de si me alojaba en el hotel no tardo en llegar y la respuesta que tenía preparada, tampoco: “No. He venido porque me apetece pasar un rato de placer y morbo con un desconocido atractivo. Sin complicaciones” Se sorprendió pero siguió el juego.

– Entonces creo que vamos por buen camino.- Dijo con la cara iluminada.

+ Mi morbo incluye cobrar por ese encuentro.

Se sorprendió aún más, bebió un sorbo de su Gin y me volvió a mirar.

– ¿Hablas en serio?

+ Totalmente.

Fue raro, pero excitante. Le entraron unas ganas locas de subir a la habitación. Supongo que le alegró saber que podía ahorrarse todos los preámbulos, incluso un posible rechazo.

No nos preguntamos nuestros nombres, no hacía falta porque esta historia era tan buena, que sólo nos la permitiríamos una vez. Esa vez.

Habitación 306. Tarifa habitual. Más vino. Lencería. Sexo. Aplauso. Telón.

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